Bailar para sobrevivir

“Si hoy sobrevivo, mañana seré libre” repetía una y otra vez en su mente la joven Edith Eger mientras intentaba hacerle frente a los duros y largos días en el campo de concentración de Auschwitz, lugar donde no solo pasó los años más duros de su vida, sino que también donde perdió a sus padres a manos del jerarca nazi Josef Mengele, conocido como “El Ángel de la Muerte”, quien llevaba adelante sus experimentos genéticos y criminales dentro del campo de concentración, donde sometió a miles de personas, principalmente a discapacitados, mellizos y enanos que serían material de laboratorio en pos de la investigación para desarrollar una “raza superior”. Lo único que la ayudaba a no perder la cordura y a no bajar los brazos era fantasear sobre su vida más allá del campo de concentración, imaginándose junto a su amor de la adolescencia, Eric, al que nunca volvió a ver, recordando los momentos con su familia y pensando que todo eso acabaría un día, que volvería a ser libre.

Edith Eger nació en 1927 en Kosice, Eslovaquia. Apasionada de la danza. Con muchos sueños por cumplir. Es la menor de tres hermanas, la mayor, Klara, una prodigio del violín, y Magda, amante del piano.  Y sus padres, por un lado su madre, quien vivía en un estado de depresión constante ya que nunca pudo recomponerse de la muerte de su madre; y su padre, un sastrero de clase media. Ambos asesinados en la cámara de gas.  

Su vida hasta los 16 años se puede describir como la de cualquier adolescente, pero en 1942 su vida cambió por completo cuando fue apartada del instituto en el que se estaba preparando para competir en los juegos olímpicos, por ser judía, ahí fue cuando su mundo comenzó a desmoronarse, es decir, el comienzo del final. Pero fue 1944 cuando llegó el verdadero final, los ejércitos de Hitler llegaron a su casa y los capturan a ella y a su familia con la excusa de realizar “trabajos en los campos”. Por supuesto eso no fue lo que sucedió. Estuvo con Magda en el campo de concentración ya que Klara se había salvado de esa situación por estar estudiando en el Conservatorio de Música de Budapest.

Edith relata en su libro “La Bailarina de Auschwitz” que Mengele la llamó una noche a su oficina, pues él la había visto bailar. Luego de que ella paró de bailar, el sádico médico nazi le dio un pedazo de pan: “Al darme ese trozo de pan me dije que aquí no cabía el pensar en mí, sino pensar en los demás y que es la única forma de poder sobrevivir. Entonces me dirigí a las literas y compartí el pan con mi hermana y mis compañeras, pues pensé que la única forma de sobrevivir sería permaneciendo unidas, preocupándon0os las unas por las otras” relata a lo largo del libro.

Después de Auschwitz, esta adolescente judía pasó por el campo de concentración de Mauthausen para continuar hasta Gunskirchen, en Austria, donde con la espalda rota, moribunda y rodeada de cadáveres, en las “Escaleras de la muerte”, consiguió llamar la atención de los soldados estadounidenses que la rescataron a ella y a su hermana en 1945. Largos meses les llevó poder recuperarse y define todo ese proceso como “volver a nacer” ya que tuvieron que aprender todo de nuevo, a comer, a caminar, a cambiarse, a existir.

Luego de muchos años asegura que: “Si por algo conseguí sobrevivir al Holocausto es por mi trabajo, para poder ayudar a la gente que ha sido victimizada para que no sean víctimas”. A pesar de todas las dificultades que se le presentaron a lo largo de su vida, se puede afirmar que sin dudas Edith Eger es una superviviente. Eligió el camino difícil, el del perdón y la superación.

Recientemente, en septiembre del 2020 publicó su nuevo libro “En Auschwitz no había Prozac. 12 consejos de una superviviente para curar tus heridas y vivir en libertad”. Tal como su nombre lo dice es una guía práctica para soltar los miedos, la victimización, los secretos, la culpa, etc. Acompaña a atravesar las 12 prisiones en la que los humanos nos encerramos y nos enseña a salir de ellas a través de la logoterapia.

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Cami Raggio
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